Io sono l'amore, dirigida por Luca Guadagnino (Italia, 2009).
Io sono l'amore es una película que me ha sorprendido, y muy gratamente. Si uno lee la sinopsis, y une a ello la imagen del cartel promocional, lo que se podría esperar sería una elaboración más o menos superficial de la vida y milagros de una familia de industriales del Norte de Italia, como sacada de esas publicaciones intrascendentes de papel cuché. La sensación de tratarse de una película de cotilleos se puede acentuar si el espectador realiza la inmediata conexión con la famosa familia Agnelli, los fundadores de la Fiat. Sin embargo, ya desde el principio el director quiere alejarse de este estereotipo al situar la acción en Milán, no en Turín, forzando más el mensaje intencional de
familia arquetípica de alta burguesía en vez de una familia concreta y sus circunstancias.
Mi sorpresa agradable tiene que ver con el hecho de que, contra los pronósticos del principio, la película está muy bien realizada y acaba resultando muy interesante. Los conflictos personales que detalla son, en el fondo, los de cualquier familia por alta o baja que se sitúe, y están muy bien retratados dentro del contexto excepcional de riqueza, tradición y lujo. Así, ahí tenemos el profundo Edipo del vástago primogénito, la tiranía inmisericorde del patriarca, las pequeñas y grandes traiciones personales mediadas por intereses mezquinos, la frustración, o los juegos de poder dentro del seno familiar (que aquí trascienden lógicamente de la posesión del mando a distancia, pero en esencia son lo mismo...), amplificados sin duda porque lo que se pone sobre la mesa es un imperio textil. El director y el buen hacer de los actores han sabido trazar excelentemente este mundillo de intrigas, apariencias, ruindad, apegos patológicos: el poder familiar se hereda por línea paterna, en todos los sentidos, y las mujeres quedan relegadas como un mero adorno, se asimilan en el círculo con excesiva lentitud y, finalmente, acaban convirtiéndose, en ausencia de rebeldía, en arañas acomodadas que traman su tela propia de intereses creados en torno al patriarca de turno, acompañándolo, oponiéndose a él, complementándolo, pero perdiéndose a sí mismas por el camino.
La olla a presión de este mar, tan agitado en sus profundidades, estalla cuando la mujer del patriarca de segunda generación decide arrojar lejos de sí su represión y frustración emocional, a la que estaría obligada por el corsé de su estatus, de las apariencias mundanas y de la dinámica infernal y anuladora de la familia. Ese mundo claustrofóbico y castrante se desmorona alrededor de esta mujer, para bien o para mal, y asistimos a un conjunto de imágenes y recreaciones impagables y enormemente sugestivas, que ponen el acento sin chabacanería y con significativa eficacia en la postergada y, sin embargo, necesaria sensualidad de estos personajes excesivamente reprimidos y controlados, huecos por dentro pero apetentes y deseosos de vivir a su manera. Sin embargo, de la mano del Edipo mencionado (y la referencia freudiana y, a la vez, mítica no es para nada banal), la tragedia llega a la familia y llegamos a lo más notable y poético de todo el film: la rebeldía de la mujer, a pesar de las heridas y de la presión del grupo, no alcanza sólo para buscar su realización a escondidas y dentro del oportunismo, sino que logra altura moral y ética suficiente para emanciparse valientemente de ese círculo infernal y acomodaticio. Si quitamos la parte más ficcional y dramática, y la colocamos en nuestra cotidianidad más pedestre, es toda una lección de vida y de coraje. Es por ello que, si el lector tiene a bien, aunque al final no comparta mi entusiasmo por esta producción, sugiero que la vea con ojos abiertos y desapasionados, buscando hurgar por debajo del oropel. ¡Ah!, y que no se pierda el uso de la música como recurso impagable: la escena de amor campestre, con su combinación de imágenes y de sonidos insospechadamente no armoniosos es toda una delicada, provocadora y emotiva anticipación que tiene valor por sí misma.