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MICRORRELATOS GANADORES
TRENES HACIA TOKIO, DE ALBERTO OLMOS
Publicado el 6/03/07 por Javier Moreno
 

Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos (Lengua de Trapo, 2007).

Estamos ante la tercera novela de Alberto Olmos, finalista del premio Herralde con A bordo del naufragio y autor de una segunda obra que lleva el curioso título de Así de loco te puedes volver. En esta nueva entrega, acreedora del X premio de Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid, Alberto Olmos nos narra las peripecias de David, un joven español residente en Japón que intenta escribir una novela y que mientras tanto se gana la vida enseñando inglés en una academia para niños. David tiene una novia japonesa llamada Kokoro, uno más de las docenas de personajes que pueblan esta novela narrada en primera persona por el propio personaje.

Las frases concisas de las que se compone la novela recuerdan un montaje cinematográfico a base de rápidos planos y secuencias cortas, de manera que el lector tiene la impresión de ser al mismo tiempo espectador de aquello que acontece y que en ocasiones (como en el capítulo titulado Familia) transcurren dentro de la propia pantalla (de ordenador, en este caso). Un distanciamiento no exento de humor caracteriza la visión (poética, en ocasiones) del David personaje de la novela, distanciamiento acrecentado por la idiosincrasia nipona que Olmos retrata con gran naturalidad en su aspecto más cotidiano. A uno se le vienen a la memoria leyendo las páginas de Olmos algunas escenas de Lost in translation, la película de Sofía Coppola, con la gran diferencia de que el personaje de la novela padece un distanciamiento irónico ante la realidad que no cabe achacar exclusivamente a su estancia en Japón, sino que -deduce el lector- podría ocurrir en cualquier circunstancia y lugar del planeta, aunque Japón, qué duda cabe, pueda contribuir a ello. No otra cosa puede esperarse de David, ese personaje de la misma estirpe que Bartleby (una especie de hikikomori, para seguir con la terminología nipona) que recibe los acontecimientos pasivamente y que prefiere las webs porno o un refinado voyeurismo a tomar la iniciativa en lo que a la seducción se refiere.

Memorables son las escenas donde se nos describe la errancia del personaje a través de trenes y más trenes que lo conducen y lo traen de vuelta del trabajo. Olmos consigue mostrar en dichas escenas hasta qué punto el hombre actual recupera un tanto -o un mucho- de aquella condición nómada previa a los primeros asentamientos humanos, extrayendo de la rutina la única aventura posible que consiste en entrever en el asiento de enfrente un rostro sugerente o los muslos de las colegialas vestidas de minifalda. Un romanticismo, una épica del viaje descafeinada (consecuente con nuestros tiempos), pero no exenta de poesía. El personaje viene así señalado, pues, por un doble nomadismo, ya que alejado de su país de origen vive a su vez sujeto a los horarios de la red de transporte nipona. Al final del trayecto le esperan las clases de inglés para niños, parodia de la "caza" perseguida por nuestros ancestros preneolíticos.

La estructura narrativa de Trenes hacia Tokio viene marcada por su concepción inicial a base de entradas dentro de un blog. En este sentido emparenta de alguna manera con otra obra de publicación reciente como es Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo (a pesar de que el autor de esta última obra no la concibiese exactamente de este modo sí es cierto que sus fragmentos tienen mucho de post como acertadamente destacó Pozuelo Yvancos en su reseña del ABCD), semejanza que debe animarnos a pensar hasta qué punto la irrupción de internet y en particular de ese género ciberliterario llamado blog puede cambiar -para lo bueno y para lo malo- los usos narrativos de nuestros últimos novelistas, en particular el apartado que concierne a la recepción, pues si algo caracteriza al blog es su comunicación inmediata con el lector. Desde luego, en ninguno de los casos mencionados esta inmediatez va contra la memorabilidad asociada a la literatura, algo que la diferencia netamente del género periodístico.

Alberto Olmos nos ofrece, en resumen, una novela más que interesante, donde asoma el talento de un escritor al que quizás convenga (hablamos de obras futuras) extender la amplitud de miras para embarcarse en un proyecto más ambicioso. Algo recomendable para el escritor y que seguro terminaremos por disfrutar los lectores.

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