Baaría, dirigida por Giuseppe Tornatore (Italia, 2008).
Baaría, nombre en dialecto de Bagheria, localidad de Sicilia cercana a Palermo, es el título de la última producción de Giuseppe Tornatore, y que ha resultado “galardonada” con la selección del mundo del cine italiano para formar parte de la lista de candidatos previos al Óscar en la categoría de mejor película extranjera. Extraña y lógica elección a un tiempo. Extraña porque se trata de una película mediocre, una versión ramplonamente realizada, molestamente empalagosa y excesivamente banalizada de ese género de películas corales al que pertenecen títulos como, por ejemplo,
Sunshine, de István Szabó, film con el que le une más de una analogía. Pero también dicha selección para los Óscar es lógica, obvia si se quiere, porque
Baaría, cosa que se ve transparentemente desde su primer minuto, es una película realizada de principio a fin para ganar premios. Y alguno se ha llevado en casa dado el recurso estomagante a los clichés fáciles, los guiños a la idiosincrasia italiana, el trasfondo denso de historia local tratada con sobrada autocomplacencia.
Por centrar el tema, resumiré el hilo conductor, consistente en la enumeración de tres generaciones de una misma familia de
baaritas. Esto estrecha las concomitancias con la película coral mencionada, del 1999, donde se recorrían tres generaciones de una familia húngara durante aproximadamente la misma época, desde finales del siglo XIX, principios del XX hasta el último cuarto de dicho siglo, sólo que, siempre según mi juicio,
Sunshine es bastante mejor película. Con estos mimbres de recorrido generacional, es obvio que se puede hacer mucho, o poco, y bueno, o malo: todo es ponerse. Tornatore ha optado por lo mucho malo, lo que es una lástima, porque, puestos a escoger lo malo, lo banal, lo superficial, lo edulcorado, se podía haber quedado con el poco. Y es que la película, después de un rato, aburre al más pintado, resulta repetitiva, obvia, abusiva en la utilización de ciertos elementos de regodeo vagamente poetizante, encaminados a despertar la afinidad de un público poco analítico y acostumbrado a las bebidas saturadas de azúcar.
Por otra parte, al espectador no familiarizado con los medios italianos se le puede pasar un tanto desapercibido, pero otra circunstancia que incomoda bastante es la presencia continua, en diversas dosis según el personaje involucrado, de cameos de multitud de estrellas del cine o la televisión italianos, cuyo fin intuyo que no es otro que el de tapar las debilidades de argumento, actuación y estructura, y dotar a esta película de una mayor potencialidad de “llegar” a la globalidad del público-masa. Un conocido italiano escribía en su
blog después de ver la película lo irritante que resultaba esto, así como el hecho de que todos los niños (personajes principales en ciertos momentos del film) resultaban iguales, indistintos. Todo esto contribuye, a mi juicio, a convertir esta sobrevalorada producción en un caramelillo para parroquianos, que interesa sobre todo a los asiduos de cierto género de
casposeo, que en Italia, como en todo el mundo, tiene sus adeptos.