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MICRORRELATOS GANADORES
CANINO, DIRIGIDA POR YORGOS LANTHINOS
Publicado el 15/07/10 por Francisco Javier Escribano Aparicio
 
Canino, dirigida por Yorgos Lanthinos (Grecia, 2009).

Canino, o un auténtico mundo de perros. La cámara nos mete de lleno desde el primer fotograma en un mundo monstruoso y asfixiante, de auténtica pesadilla. El estómago del más cruel se revuelve al contemplar el funcionamiento infernal de esta distopía orwelliana a escala familiar. No es preciso forzar nuestra imaginación para sentir escalofríos pensando en que algo así pueda ocurrir en la realidad, porque sabemos que ya ha sucedido. ¿O es que la realidad no supera siempre a la ficción? Canino: una parábola, llevada al extremo absoluto, de los padres tiránicos y sobreprotectores.

El ambiente claustrofóbico y enfermizo de este drama se desarrolla básicamente en una propiedad vallada y aislada eficazmente de cualquier frecuentación indeseada, es más, de cualquier frecuentación. El único contacto habitual con el exterior ignoto lo constituyen los aviones que sobrevuelan el cielo de ese campo de concentración familiar, alguna alimaña atrevida, y el padre que sale diariamente para ir al trabajo y para buscar los suministros que requiere la supervivencia de ese pequeño y muy cargado universo. Tanto él como la madre conocen el mundo que queda afuera, pero han optado por proteger sin medida a sus hijos. Éstos, un muchacho, dos muchachas, no han vivido más realidad que la encerrada y domesticada entre las vallas exteriores. Ni siquiera se reciben señales de televisión o radio, y el teléfono es sólo un tesoro escondido que usa la madre en caso de emergencia cuando debe hablar con el terrible cabeza de familia. Dentro de ese mundo ficticio y opresivo montado para la crianza controlada de tales vástagos, éstos quedan reducidos sin remedio a un infantilismo espeluznante, imposibilitados completamente para el crecimiento emocional y psíquico. Son bebés intonsos en cuerpos de jovencitos post-púberes, llenos de una vitalidad castrada y volcada hacia la autodestrucción.

En la película, se alternan las imágenes de los comportamientos totalmente desviados y anormales de los padres e ignorantes en grado sumo de las criaturas, que evolucionan en su mundillo como elefantes por una cacharrería, sacando a relucir en cuanto la ocasión lo pide una crueldad pura, psicopática. Por otro lado, están las imágenes poco tranquilizadoras de las estrategias de condicionamiento, represión y control por parte de los desnaturalizados progenitores: premios y castigos infantiloides, sometimiento y reinvención del lenguaje, mentiras incomprobables, violencia física y psicológica, abuso de confianza, afianzamiento de los sentimientos de culpabilidad, fomento ilimitado de la actitud de subordinación y desvalimiento... Por eso decía que no se trataba de nada que no hubiera sucedido ya en nuestro mundo familiar real: quien más, quien menos ha podido experimentar en sus vidas las virtudes y efectos de las maniobras de esta naturaleza y fines, aunque en la mayoría de los casos en un ambiente más sano, sin el peso sádico y destructivo (el mal en estado puro), vesánico, que nos muestra este desasosegante film. Por no hablar de “experimentos” a mayor escala, y que nos remiten sin remedio a los totalitarismos del siglo XX.

La violencia a veces más sugerida que plasmada directamente, el tratamiento crudo de las situaciones, las imágenes impactantes, la fotografía directa como una verdad incómoda remiten sin duda a Haneke, con quien se ha tendido a comparar a Yorgos Lanthinos, aunque este trabajo suyo tiene rasgos distintivos y originales. Como colofón a lo apuntado, diré que la historia, en vez de mostrarnos sin más el “régimen permanente” de la distopía enloquecida aquí expuesta, viene a enseñarnos su paulatino desmoronamiento a través de un imprevisto talón de Aquiles: la aparición de una chica contratada por el padre para satisfacer los impulsos sexuales del muchacho, convertidos en una necesidad fisiológica de rango ínfimo, ajena a cualquier emoción. Sin pretenderlo, y a través de la fusión entre la aportación fortuita y desequilibradora de esa chica con la propia narración delirante de los padres, que se va volviendo incapaz de encajar el universo extremo de su fantasía sobrecorrectora dentro de esas mentes empobrecidas, se fragua lo que intuimos como un principio del fin.

¿Moraleja? Homo homini canis. El ser humano puede ser un perro rabioso de frente a sus semejantes, por muy cercanos que sean, y concebir lo más espeluznante y llevarlo a cabo sin escrúpulos de conciencia. Eso por el lado negativo. El ¿positivo?, que toda superestructura de control, por muy elaborada y poderosa que sea, puede acabar haciendo aguas por donde más segura se sentía. Y, sin embargo, la sensación predominante al final es la de una desazón incómoda, de una amargura desengañada y poco esperanzadora...
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Deriva es una revista digital de literatura y cine. ISSN 1697-4220. Madrid. España.