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Peio H. Riaño (1975) es responsable de Culturas en el diario Público y autor de Todo lleva carne, texto de carácter incendiario que viene a raspar con la uña y durante 150 páginas la mugre que cubre la superficie del capital.
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Todo lleva carne abre con un salivazo moral al sueño americano. Algunas páginas después asume una reinterpretación negativa del triunfo de la voluntad («A más deseo más dolor», >032.jpg<). Luego, a lo largo de varios capítulos, participa de la obsesión por la imagen que cada sujeto proyecta hacia el exterior —esa obsesión de D.F. Wallace que se resume en su Historia radicalmente concentrada de la era postindustrial—. ¿No late ahí una llamada a las virtudes de un mundo ya jubilado?, ¿cierta lectura hobbesiana de la naturaleza humana («Robar al débil es una puta ley de la naturaleza»)?
Me gusta lo del salivazo. Creo que es la mejor calificación que se puede hacer del libro, porque está escrito desde la boca del estómago, sucio de tanta porquería que tragamos sin oponer resistencia. Nos lo tragamos todo y ya le hemos encontrado hasta el gusto. No soy tan partidario de que sea moral y contra el sueño americano. No creo que podamos hablar ya de características propias de una cultura, porque todo corre tanto que al poco es adoptado por cualquier otra. En ese sentido, nuestros males son nuestros y de todos; nuestros sueños están tan podridos como los de un americano o un pakistaní o un noruego; nuestros deseos son falsos desde que los compramos. Llega un momento en el que tanta miseria, tanta falta de ética, te provocan unas arcadas gigantes. A mí el vómito me dejó las tripas bailando y tampoco quise limpiar mucho para que quedase todo ese olor.
Advierto dos pulsiones paralelas, particularmente significativas, en su libro: a) el deseo de huída (por ejemplo, en buena parte de los .jpg) como consecuencia de b) la alienación que causa el organismo de la empresa («Una pelea de treinta años en la que la primera víctima fue la dignidad»).
Desde luego, son dos de las pulsiones que mueven todo el armamento del libro. Porque creo que es uno de los problemas a los que no le estamos buscando ninguna solución: la entrega sin dignidad. En este momento el canibalismo laboral se lo queda todo, se lo come todo, y nos sometemos a él sin ninguna voluntad de cambio. Por qué no decirlo, sin voluntad de revolución. Hay palabras que el capital ha ido demonizando, revolución es la primera que eliminó de nuestros planteamientos vitales. Y así pasan los años y así llegan los nuevos métodos para asfixiar amparados en leyes, en tratados, en reglas a las que el ciudadano se entrega democráticamente. Sin opciones. Y cada vez más grises y cada vez más frustrados y cada vez menos conscientes y cada vez más esclavos.
«El problema no es leer un libro al año o cuatro al mes. / El problema es qué haces luego con lo que lees.» Ahora que el «pantagruelismo» bibliófilo parece ser una conducta en alza, dígame, de qué modo asume su relación con la lectura. ¿Lecturas de 16 en 16 («¿Uno se muere de lecturas? / Te preguntas». Y: «Leer es un deporte de alto riesgo.»), o, de nuevo, «a más deseo más dolor»?
Mi relación con la lectura es mi respiración. Los libros son los pulmones con los que oxigeno mi cerebro y aireo mis pensamientos. En los libros no está todo, pero sí hay indicios. Apuntes de algo para poder cuestionar tu propia existencia. Los libros son el único lugar donde la libertad puede suceder, si el autor está dispuesto a que así sea. La literatura, me dice siempre Constantino [Bértolo], es algo que todavía no está inventado del todo y eso supone un ejercicio de responsabilidad para el que escribe y también para el que lee. Leer es un deporte de alto riesgo, claro que sí, porque cuestiona cualquier verdad que hayas soldado a tus seguridades. Leer es derribar.
“Lo que le jode a”: ¿Ejercicio de relativismo posmoderno salpimentado con una dosis un nihilismo socarrón (!!); o jarro de agua fría para aliviar los sinsabores que pueda haber en el resto del libro? Se lo advierto: ésta me parece una de las mejores piezas de Todo lleva carne.
Aunque no lo crea, hay otros tantos que coinciden con usted. Y uno no sabe cómo valorar todo eso, porque lo que he aprendido con esta primera experiencia narrativa es que a uno le roban el significado y trascendencia de todo. Es el que lee el que hace trizas cualquier cosa que te hayas imaginado para el texto, es el que lee el que da alas a lo escrito. En ese sentido, creo que “Lo que le jode a” no es más que un ejercicio de oído. Volvemos a las frustraciones, a la carne de mi carne, al dolor nuestro de cada día. Volvemos a tocar la llaga para creer que sí, que estamos bien jodidos. Y lo que es peor, no se libra nadie, ni Dios. Adán y Eva fueron los primeros en incumplir las esperanzas puestos en ellos, su patrón vio cómo no servían para el papel que él había hecho a su imagen y semejanza. No somos seres capacitados para lo que nos imaginamos que estamos capacitados. Todo lleva carne es un ejercicio de escucha, de atención, de observación, de ahí que estuviese de acuerdo con usted cuando reseñó el libro como algo cercano a la antropología. Y luego la forma, pero eso creo que siendo muy importante, me importa menos. Desde luego, ponerle etiquetas (y fíjese que yo como de hacer esto, etiquetar) de posmodernismo o relativismo o priapismo, qué más da. Sé que necesitamos referencias para que las cosas no nos duelan al tratar de entenderlas, pero esta vez no habrá calificación.
Examen de literatura española contemporánea. ¿A qué autores tiene echado el ojo —aparte de los colaboradores en su periódico, claro—, y qué le llama la atención de ellos...?
La verdad es que lo que más me interesa en mi relación con la literatura es saber qué hacen mis coetáneos. Ver cómo se imaginan un futuro narrativo, qué fórmulas, qué temas, qué personajes y, sobre todo, qué voces están dispuestos a crear para seguir avanzando en el recuento de lo que nos rodea. Iba a decir de nuestras tragedias, pero mejor me lo callo. Autores con ojo: Manuel Vilas me gusta porque cree vivir en una fiesta; Isaac Rosa me gusta porque hay motivos para parar la fiesta; Agustín Fernández Mallo, hay una fiesta pero no sabes dónde; Julián Rodríguez, la fiesta es en tu casa; Miriam Reyes porque la fiesta es de luto; Leonardo Oyola, la fiesta acabará en matanza; David Foster Wallace, estamos de fiesta, pero por qué; A. M. Homes, todo lo que debes saber de esa fiesta; Jason, la fiesta más absurda; Horacio Castellanos Moya, la voz cantante de la fiesta; Lorenzo Mattotti con su fiesta multicolor; David B, la fiesta más traumática; Angélica Liddell esta fiesta es un dolor; Joel Egloff la fiesta más divertida... y tantos otros y otras (Ingeborg Bachmann, Unica Zürn).
¿Y críticos literarios?
De estos no sé nada. Sólo lo que Constantino me cuenta en su “La cena de los notables” (Periférica).
Beigbeder: «Vivimos en plena época de Zapping, de instantaneidad, y hoy en día muy pocas cosas duran mucho tiempo», y Richard Sennet: «El capitalismo de corto plazo amenaza con corroer aquellos aspectos de la personalidad que unen a los seres humanos entre sí y brindan a cada uno de ellos la sensación de tener un yo sostenible.» Resulta paradójico que un texto como Todo lleva carne, que se presume enfrentado a los postulados del actual declive de la société du espectacle, esté fundamentado en un recurso a priori tan propio del capital como es el Fragmento…
La verdad, siempre he tenido entendido que el capital se muta en lo que haga falta. Una de sus virtudes precisamente es pervertir cualquier fórmula. No tengo tan claro que la fragmentación sea hija del capitalismo, al menos, exclusivamente del capitalismo. De hecho, en la Edad Media ya existían los relatos historiados en capiteles, que secuenciaban escenas, planteaban cuadros de momentos de los textos sagrados para su divulgación entre la población analfabeta, como en los claustros románicos. Sí te puedo decir que yo no soy capaz de montar una secuencia con su planteamiento, nudo y desenlace en mi apreciación del entorno. Los acontecimientos que percibo vienen troceados, ya sea desde la tele o desde la calle. Forma parte de nuestra manera de comunicarnos, de relacionarnos con lo que nos rodea, de la contemplación. De cualquier manera, y si aceptáramos la tesis de que el fragmento es algo propio del capital, el camuflaje puede ser una estrategia muy válida para hundir la flota (o alguna fragata).
¿De dónde viene eso de titular algunos capítulos como «.jpg»? Es usted también carne de píxel, por lo que veo…
No confundamos. No creamos que todo lo que lleva píxel es carne de nocilla. Los jpg no son más que el acompañamiento de nuestras vidas. La fotografía ha sufrido una verdadera revolución con la llegada de las digitales y nuestra vida está retratada en archivos que se pueden multiplicar hasta el infinito, sólo es un problema de almacenamiento. Ya no es un problema de proceso, ni de precio. Todo lo que vemos lo vemos como imágenes, todo lo que nos pasa podría estar resumido en un diario visual. Esos capítulos son fogonazos descarados de instantáneas que guardan un poder mucho mayor al de la fotografía misma, porque son las fotos que nunca olvidamos. Aquellas que no hacemos. Las otras, quedan olvidadas en álbumes o en unidades de memoria externa.
Autopromociónese impudorosamente: ¿cuál es el manifiesto de intenciones que sigue a la hora de dirigir Culturas en Público?
Hacer lo que me dejen.
Ante la disolución radical de la trama, ¿nunca se le pasó por la cabeza abandonar este proyecto y llevar a cabo uno de esos volúmenes de mil y pico páginas; con todo en su sitio?
Lo cierto es que cuando Constantino me invitó a escribir este libro le di tantas vueltas, pensé tanto en ello que en los primeros planteamientos aparecía algo similar a lo que se imagina. Nunca de mil y pico páginas. Pero sí algo parecido a un documental en el que se cruzaban varias vidas que contestaban a la pregunta ¿ha merecido la pena vivir? Todo eso se diluyó en otra fórmula, y de esa a otra y de esa otra a la que hoy conocemos. Y la trama. La trama. Hubo un tiempo en el que me preocupaba mucho. Porque realmente no estoy capacitado para ella. Es algo que me aburre poderosamente. Me abruma pensar en cómo hacer evolucionar a un personaje y al lector de la manita. Una parte de Todo lleva carne enseña las tripas de alguien que ha decidido renunciar, y en ese sentido la ficción más clásica también aparece. Evidentemente, hay que tender puentes entre cada pieza para ponerse en su lugar.
Creo que otro de sus frentes abiertos es la asepsia de Occidente. ¿Qué puede esperarse de un contexto que huele a «manzanilla en bolsitas», y en el que uno se puede morir por «comerse lo negro de las tostadas» —y de otras 41 formas más—?
Lo que me preocupa no es tanto la asepsia, como la falta de un destino trágico con el que legitimar nuestra existencia, una vez ha pasado el que dicen siglo más sangriento de la humanidad. Leo a Kapuscinski y me dice que sólo cambiaba de botas cuando heredaba las de su hermano. Rotas y de una talla mayor a la suya. Y pienso que ni por asomo hemos sufrido nada. Que ni esas cuarenta y tantas formas de morir son dignas de una literatura de palabras mayores, como las del escritor polaco. No hay trincheras, no hay hambre, no hay dolor en este primer mundo. Vemos toda la miseria tan de cerca que no nos atrevemos a movernos a ver si cambian las cosas y nos volvemos ellos. Hoy las palabras mayores se forjan en el capitalismo especulativo, en no saber quién está al mando y en ver los estragos que consigue sobre nosotros.
Cuando leo Todo lleva carne o a la gran mayoría de sus contemporáneos españoles pienso en Zweig recordando a Whitman como el autor que «había empezado a amar el mundo moderno y quería conquistarlo con la poesía.» ¿Es que no hay nada saludable entre el espectáculo de nuestros días?
No me queda clara la pregunta. ¿La poesía versus el espectáculo? Creo en las conquistas que participan de todo, de lo de arriba y de lo de abajo. Creo en la pura degeneración.
Denuncia contra la exasperación de la gran ciudad. Campo de pruebas. Coqueteo con el idiolecto y el habla en jerga. Exploración sociológica. Del relato corto al estilo dietario pasando por el poema o el chascarrillo… En la reseña que escribí a propósito de Todo lleva carne, situé este como deudor a tiempo parcial de Circular 07, de Vicente Luis Mora. ¿Me aprueba en cartografía literaria o…?
Si le digo la verdad, desde que leí su crítica me apunté el libro para comprobar qué había hecho Vicente Luis Mora. De todas maneras, cualquier cartografía es válida para seguir las pistas de un escritor. Cartografías de lecturas, como de películas, como de programas de televisión, como de música. “Todo lo que no es tradición es plagio” dice la leyenda que corre en el friso del Casón del Buen Retiro. Así que este libro tiene tantos orígenes como destinos. Por otro lado, lo que más me interesa es la idea de la narrativa como banco de pruebas. Esa que desmonta las sagradas escrituras que dicen esto es una verdadera novela y eso no. Escribir con el respeto por delante, te da muchas facilidades para perdérselo a todo. La palabra siempre saldrá indemne, porque es más fuerte que cualquier coqueteo, que cualquier exploración o invento que se nos ocurra hoy y cambiemos por otro mañana. La palabra es más fuerte que lo literario. Por eso hay que perderle miedo y desacralizar y quitarle hierro a la palabra “escritor” y a todos esos apósitos que se le han ido pegando con los siglos. Veo al escritor tan débil como al empresario. Un día está arriba, forrado y poderoso, y otro día ya ni está. No sirven los valores de clase, sólo las necesidades de contar valen para mantener la categoría, la dignidad. Bastan con mil lectores para ser otro mejor escritor del mundo. Sobran dos millones de ellos para demostrar que lo que haces está completamente agotado.
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