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MICRORRELATOS GANADORES
ENTREVISTA A EDNODIO QUINTERO
Publicado el 8/03/10 por Carlos Huerga
 
En la siguiente entrevista a Ednodio Quintero, uno de los grandes narradores hispanoamericanos actuales, descubriremos algunas revelaciones sobre el género cuentístico, la importancia de la lengua española, la relación entre literatura hispanoamericana y española o cuáles son los escritores que más le interesan. Ednodio Quintero, nacido en 1947 en Las Mesitas, Venezuela, es autor de varias novelas y cuentos, como Volveré con mis perros, La danza del jaguar o Mariana y los comanches. Recientemente, ha publicado en la editorial española Candaya el libro de cuentos Combates (ver reseña en Deriva) que formará junto al libro Ceremonias los cuentos completos del autor venezolano.

Carlos Huerga: Antes de nada, quería decirle que su libro Combates me ha dejado sin aliento. Pero en el bueno sentido, claro.

Ednodio Quintero: Gracias, Carlos. Te diré que ya estoy acostumbrándome a las exageraciones, que no son más que muestras de generosidad. Dicen que así es como se construyen los equívocos… o los mitos.

Hablando del género cuentístico, en Hispanoamérica, siempre ha habido una gran tradición de este género, sin embargo, en España, ―salvo en contadas excepciones― parece que se ha considerado un género menor.

No soy especialista en el tema. Pero sí es cierto que en Hispanoamérica existe una larga tradición de muy buenos cuentistas. Sin mucho esfuerzo puedes nombrar diez o más de primera línea: Quiroga, Borges, Cortázar, Bioy Casares, García Márquez, Rulfo, Carpentier, Onetti, Monterroso, Ribeiro, Pitol, Julio Garmendia. Éste último un venezolano que escribió un extraordinario libro de cuentos allá por el año 1927 (La tienda de muñecos) y que debería ser mejor conocido en España. En Venezuela tenemos también a Uslar Pietri, un gran cuentista. Tampoco se conoce mucho al mexicano Juan José Arreola, autor de cuentos memorables. No sé a qué se debe que en España se escriba más novelas que cuentos, tal vez se trate de un asunto de temperamentos. De todas maneras, hay un fenómeno que a veces se olvida desde la península o que no se quiere ver: el idioma español se ha extendido por más de veinte países y ha evolucionado de diversas maneras, lo que ha significado un enriquecimiento lingüístico. A mí en particular me parece un poco inútil estar estableciendo comparaciones entre lo que se hace aquí y allá. Pues al fin y al cabo tenemos un idioma común, con sus múltiples variantes, claro está… No hay que olvidar, además, que hay 350 millones de personas que hablan y escriben un español distinto al que se habla y escribe en la península.

Me parece también que es muy limitado reducir cualquier análisis al siglo XX. Entre los cuentos que me han marcado y que siempre recomiendo a estudiantes y nuevos lectores destaca “La historia del Deán de Santiago y el brujo de Toledo”, de Don Juan Manuel (un grandísimo narrador del siglo XIV), incluido en su célebre recopilación: El conde Lucanor, que llegó hasta nosotros (me refiero a los lectores hispanoamericanos de mi generación) gracias a la famosa antología de literatura fantástica de Borges & compañía, con el título de “El brujo postergado”. Este cuento es una auténtica maravilla.

¿Qué importancia tiene ver publicada su obra en una editorial española? ¿Es ésta la oportunidad para tener una mayor distribución y unidad en el mundo hispánico? Publicar fuera de tu país te abre las puertas para nuevos lectores. El mundo editorial español es en la actualidad el más atractivo para el escritor de Hispanoamérica. Pero siguen existiendo otros centros editoriales como el mexicano y el argentino que son muy poderosos y en algunos casos autárquicos. Yo estoy muy contento y satisfecho de estar publicando en Candaya, más allá de que sea una editorial española (en este caso catalana), por el trato especial que me han dado, por el cuidado con que editan y por el seguimiento que hacen del destino de los libros. Editores como Olga Martínez y Paco Robles son especies en vías de extinción. Me siento profundamente agradecido de contar con su solidaridad y amistad.

En relación a la pregunta anterior: ¿qué relación hay entre la literatura hispanoamericana y la española? Tengo la sensación de que hay algo que se pierden tanto los lectores hispanoamericanos como los españoles.

Con España los hispanoamericanos tenemos muchas cosas en común. Creo que la más importante es la lengua, con las variantes que señalaba en la primera pregunta. Por supuesto, siempre hay algo que se pierde. La entropía es un fenómeno que abarca también las manifestaciones culturales, incluso el arte es objeto de desgaste. Sin embargo, hay otra ley física que dice que nada se pierde, todo se transforma. Yo pienso que en el intercambio entre Hispanoamérica y la madre patria, un intercambio que tiene mucho de edípico, casi todo es ganancia. Te voy a poner un solo ejemplo, con sus dos vertientes. A Onetti no lo habían leído en España hasta que tuvo que salir de Uruguay huyendo de la dictadura militar. Se estableció en Madrid cuando ya había escrito lo mejor de su obra y comenzaron a editarlo y descubrieron entonces a ese soberbio escritor y lo adoptaron como propio y lo veneraron. Más recientemente aquí en Hispanoamérica hemos “descubierto” y adoptado como nuestro a Enrique Vila-Matas, y se le admira como un gran escritor. En ambos casos podemos hablar de ganancia en el mejor sentido de la palabra. Y de eso se trata, de establecer puentes de comunicación que trasciendan las barreras de la política y de la economía. De otra manera seguiremos en lo que alguna vez califiqué como balcanización cultural.

Su escritura ha sido calificada como “una poética del vértigo” y comparada con Kafka. ¿Está usted de acuerdo? (Por cierto, su ensayo “Kafka sale de viaje” me parece uno de los más lúcidos que he leído sobre el autor checo). Que me comparen con el escritor que más admiro es un halago. Y, por supuesto, no soy mi mejor crítico, ni tengo argumentos para desmentir semejante comparación. Sin embargo, no creo que mi escritura, que es un reflejo de lo que ha sido y es mi vida, esté muy estrechamente vinculada a la escritura o a la vida de Franz Kafka. No siempre el escritor que más admiramos es necesariamente el modelo que adoptamos. Es curioso que a pesar de mi inmensa admiración por Kafka (en el ensayo que aludes hablo del escritor de Praga como si se tratara de un iluminado, un santo) me siento mucho más cerca de autores como Faulkner, Guimaraes Rosa y Onetti. Para completar el cuadro (o el altar) de los escritores que admiro tendría que incluir a Joyce, Beckett, Yasunari Kawabata, Borges. Del siglo XX, por supuesto, ya que por encima de todos está san Miguel de Cervantes.

Por otra parte, lo de la “poética del vértigo” ha sido una frase afortunada que intenta resumir mi manera de escribir, y no sabría decir si estoy totalmente de acuerdo.

¿Va a continuar escribiendo relatos o estos dos libros (todavía falta la publicación del segundo tomo, que será asimismo publicado por Candaya bajo el título de Ceremonias (1974-1994)) suponen un carpetazo a su producción cuentística?

Sigo escribiendo, pues no sé hacer otra cosa. Y si dejara de escribir me consideraría como un muerto en vida, una especie de zombie que se pasea por el mundo sin objeto alguno. Lo que ha sucedido con los cuentos es que en algún momento caí en cuenta de que hacía ya diez años que no escribía alguno con aquellas características de brevedad, tensión, intriga y final sorpresivo para el lector que caracterizaron mis relatos anteriores. Pensé entonces que era tiempo de hacer un balance de mi historia como cuentista y de ahí surgió la idea de esta antología que ahora Candaya está publicando en dos tomos. También, por supuesto, afirmé alguna vez que ya no escribiría cuentos tradicionales. Y hasta ahora he sido fiel a esa afirmación, pero no se trata de una promesa con carácter religioso. Curiosamente, un par de relatos, que he llamado crónicas familiares, que escribí recientemente, apelan a aquellos recursos de los cuentos tradicionales que creía haber superado. Así que será mejor esperar… De momento trabajo en una novela bastante larga, que me ha dado mucha guerra, y en varias narraciones breves para las cuales he inventado un término que me gusta mucho: novelas en miniatura.

Muchos relatos suyos, contienen una importante armadura poética: visualidad, sugerencia, ritmo, elipsis… ¿Acepta usted la mezcla de géneros o es simplemente una tensión poética que traslada en un género literario?

Pienso que se trata de una mezcla de ambos elementos, es decir confusión (o mejor fusión) de géneros y eso que tú llamas tensión poética. Y también, por supuesto, deben existir otros elementos, como la influencia muy marcada del cine. Esto, creo, es válido para todo lo que escribo. En general, soy muy exigente con cada párrafo e incluso con cada palabra que selecciono para expresar algo, y si el esfuerzo no se nota en el texto, pues mucho mejor.

En sus textos hay una ambivalencia entre la realidad más cotidiana y la soñada. ¿La literatura nace en ese cruce?

Sí, creo que hay una coincidencia afortunada entre mi manera de ver el mundo y la obra de ciertos autores como Borges. A propósito, Borges decía que: “La literatura no es más que un sueño dirigido”. Ya desde niño yo era una persona muy imaginativa que vivía un poco (o mucho) fuera de la realidad ordinaria. Recuerdo sueños que tuve a los cuatro años, muy fantasiosos, como uno en el cual el demonio me perseguía y yo como sabía volar me escondía dentro de una nube, me arropaba con la nube, que era cálida y suave como una cobija, y el diablo pasaba de largo.

Muchos de sus relatos muestran un vacío enorme de los personajes, donde escasean las descripciones anecdóticas, y esos personajes se enfrentan a sí mismos. ¿Es la realidad de Hispanoamérica, o se trata más bien de una situación individual-existencial?

Creo que se trata de situaciones existenciales, tal vez personales, pero convertidas en cuadros simbólicos. Quizá respondan esas estampas a ciertos momentos o quizá a reclamos más bien metafísicos. Pero no creo que en un balance total de lo que he escrito esas situaciones sean las más abundantes. Más bien pienso que en lo que escribo hay un poco de todo, como en la vida. De todas maneras, la oportunidad es propicia para decir que no me he propuesto para nada reflejar en mis escritos la realidad de Hispanoamérica, ni siquiera la de mi país. No soy un escritor social. Me definiría tal vez como existencialista, con el peligro de que me asocien con Sartre o Camus. Aunque preferiría estar más bien cerca de Beckett.

Encontramos entre sus relatos, personajes y otro tipo de conexiones que conforman una estructura más rica de la que se aprecia en una primera lectura. ¿Qué sentido alcanza la intertextualidad en sus relatos?

Entre tantas cosas que me han preguntado en muchas entrevistas, encuentro esta pregunta muy original. Es curioso que en casi todos los relatos de mi primera etapa de escritor (aquellos que serán publicados en Ceremonias) no se vean por ningún lado rastros de intertextualidad, pero cuando se les observa con lupa descubrimos que algunos son reescrituras (inconscientes, por supuesto) de Kafka, Borges o Cortázar. Ya a estas alturas no me molesta reconocerlo, pues pienso que en esa etapa era yo un aprendiz, y se aprende a escribir igual que se aprende a hablar, es decir imitando a nuestros mayores. En algunos de mis relatos posteriores he empleado deliberadamente el recurso de la intertextualidad, tal es el caso de “El corazón ajeno”. Pero no es ese un recurso al que acuda con mucha frecuencia. Es un recurso que se puede agotar muy fácilmente o en todo caso apropiado para ciertos escritores. De todas maneras, el escritor está en libertad de elegir sus propias herramientas, pues como lo dije (y lo escribí) alguna vez: La escritura es una de las formas más radicales del ejercicio de la libertad. Y libertad es la capacidad que tenemos de elegir.

Volviendo al concepto de “intertextualidad”, se trata de un término de reciente invención para explicar un fenómeno que es tan antiguo como la misma literatura. Pues la literatura desde sus orígenes ha sido y continúa siendo endogámica: se alimenta y se nutre de sí misma. Pensemos en La Eneida de Virgilio. Esta maravillosa invención no existiría si no hubieran existido antes La Ilíada y La Odisea.

Combates está escrito en un estilo preciso, con cierta tendencia hacia lo barroco, lleno de hallazgos que se alejan del lenguaje más simplista. Eso es riqueza del español. ¿Tiene usted a los clásicos como modelos literarios o lingüísticos?

Mi relación estrecha y amorosa con el idioma se la debo a la lectura. Aprendí a leer antes que a hablar. Y he sido un lector omnívoro. Y como comencé a escribir desde muy joven (por allá por los quince años o un poco antes), supongo que ese enorme acervo de lecturas ha ido impregnando mis escritos. Incluso he sufrido lo que podríamos llamar “malas influencias”. De joven leí con admiración a un autor de cuyo nombre no me quiero acordar, y su manera bastante aparatosa de adjetivar contaminó mis primeros escritos, muchos de los cuales reescribí y otros deseché. Luego, con el tiempo, he logrado lo que podríamos llamar un cierto dominio del idioma, lo que me permite leerme con un ojo muy crítico y corregirme a tiempo. Incluso cuando leo a un autor X tiendo a corregirlo. Sigo pensando que el idioma es un tesoro y que debemos tratarlo como tal, con cuidado y respeto.

Por supuesto, he leído con dedicación a los clásicos, antiguos y contemporáneos. Y vuelvo a ellos con cierta frecuencia.

¿Qué diferencias encuentra a la hora de escribir las novelas y cuentos?

Son procesos totalmente distintos. En la novela el tiempo es extenso como una llanura sin fin, como el mar. En el cuento el tiempo es un espacio cerrado, una habitación donde debes moverte con precaución o incluso una celda de clausura.

Dice Deleuze en su libro Critique et clinique: “La vergüenza de ser un hombre, ¿hay una razón mayor para escribir?”. ¿Usted por qué escribe?

A esta pregunta, que me la han hecho varias veces, he dado respuestas diferentes, según las circunstancias o los estados de ánimo, supongo. Ahora mismo pienso que escribo por una pulsión del espíritu. Escribir es una manera de estar sobre la tierra. Escribir es mi manera de estar sobre la tierra.

¿Está al tanto de las nuevas literaturas? ¿Qué escritores actuales le interesan más?

Sigo siendo un lector omnívoro. Y, por suerte, no he perdido el interés por la lectura. Es más, parece que necesito una dosis diaria de lecturas. El menú del cual dispongo es muy variado. Te citaré, en desorden, algunos de mis autores preferidos, digamos los más actuales, aquellos que más me han interesado en la última década: Kazuo Ishiguro, César Aira, Roberto Bolaño, Amélie Nothomb, Haruki Murakami, Banana Yoshimoto, J.M. Coetzee, Cormac McCarthy, Thomas Pynchon, Juan Villoro, Rodrigo Rey Rosa, Mario Bellatin, Juan José Saer, David Foster Wallace, Ian McEwan. De Venezuela: Victoria de Stefano. Y de España: Enrique Vila-Matas, Bernardo Atxaga, Ignacio Martínez de Pisón, Javier Cercas. Y más recientemente: José Antonio Garriga Vela y Agustín Fernández Mallo.

Como ves, se trata de un panorama heteróclito. Me sucede, además, que como soy lector de autores, cuando alguno me interesa de verdad intento leer todo lo que ha escrito. Y como no hay tiempo para leerlos a todos, seguramente tengo lagunas inmensas en mis lecturas e incluso lagos tan grandes como nuestro Lago de Maracaibo.
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