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Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977), estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y escribe sobre arte y tecnología para varios medios. Es autora de la novela Las teorías salvajes (Alpha Decay, 2010), recién publicada en España.
Hay libros que encuentran sus lectores en una cantera ya prefijada, mientras que otros configuran su propio nicho de lectores. Pienso, aquí en España, en el último acontecimiento del Proyecto Nocilla, de Agustín Fernández Mallo, como ejemplo de esto último. Las teorías salvajes me parece, de alguna manera, otro de ellos. ¿Cómo definiría la autora al extraño conjunto-acontecimiento (Alain Badiou) ‘lectores de las teorías salvajes’? ¿Cuáles serían sus elementos?
No sé... ¿personas mágicas? ¿Será una secta? Me fascina la pasión con la que los lectores se funden con el libro, me identifico totalmente en esa relación erótica con algo que llega a través de la letra. Creo que lo interesante de los libros que se viralizan es pensar, de nuevo, cómo se da el encuentro del lector con las fantasías que le producen los libros y también, cómo esas fantasías se pliegan con la figura autoral con más fuerza que antes. Por ejemplo: que el personaje de la narradora haya sido interpretado como alterego de la autora de pronto contagia de “realidad” todo lo demás; activando cierto instinto atávico por el cotilleo (fundante, sin dudas, de la narrativa en la tradición oral). Los libros que viralizan tienen una oportunidad única, la de historizar su propia recepción; pueden montarse sobre todo lo vivo que es esa mezcla de ansiedad, entusiasmo, maldad y violencia de Internet. Cuando lo escribía, pensaba en abstracto en la noción de un entretenimiento para clases sobreeducadas (si la literatura es un sistema de exclusión al que acceden las clases cómodas, instalada dentro de una economía de la atención –la atención es la nueva moneda, no el dinero- los consumos cada vez se vuelven más sofisticados al entrar a competir por ese nuevo estatus de la seducción; esto puede verse también en series como Lost); pero luego, hablando con los lectores, me parece que más que nada son sensibles a un sentido de espectáculo que el libro trabaja; eso es algo que marcó Jordi Costa en la presentación del libro en Madrid, fue super interesante.
Platón usaba, para hablar de la filosofía, la metáfora de la caza. La verdad es la presa a cuya búsqueda se aplica el filósofo-cazador. En Lezama Lima es el eros el fin último del “theorein”, del teorizar, mientras que en Heráclito el principio del logos es el pólemos, la guerra. ¿Podría verse las teorías salvajes como una mezcla e incluso ampliación –yo añadiría al catálogo, al menos, el eros onanista de Pabst- de todos estos modos de practicar la teoría? (Recuerdo a propósito las páginas donde se desgrana casi heideggerianamente la etimología de la ‘bellitudo’, síntesis de Eros soberano y Marte seductor (pg 214 y sigs).
Hay un punto de vista epistemológico de la novela, en la relación a la teoría, que busca observar qué hacen con la teoría los que hacen teoría. A mí me gusta la locura latente detrás de todo intento teórico extremo, la adrenalina que produce creer que estamos desentrañando el origen del universo: la sobreexcitación prístina e infantil de quien entiende al fin qué quería decir Heidegger en el parágrafo 14 de Ser y Tiempo y cree que allí está cifrado el secreto último de la existencia, y que se ha nacido para ponerle los puntos sobre las íes al propio Heidegger si es necesario. Tanto Eros como Polemos, el amor y la guerra, son temas de Las teorías salvajes, que se presentan unidos, fundidos, porque no es posible (en mi opinión) pensarlos separados, como tampoco puede aceptarse sin más el divorcio de la literatura y la filosofía. Es una novela sobre la locura implicada en leer –situaciones, el pasado, los libros.
Siguiendo con los dioses, ¿qué papel juega Hermes en todo esto?
Bueno, no pocos estudios especializados ven en Hermes al dios protector de los gays, y en LTS la pequeña K está obsesionada con los sodomitas. ¿Tendrá que ver con eso?
Da la impresión de que ‘la teoría de las Transmisiones Yoicas’ es algo así como uno de los conceptos/palabras maleta de las que hablaba Deleuze, algo que contribuye a la ambigüedad semántica de la novela. ¿Forma parte de una estrategia premeditada de convertir la novela en una selva a través de la cual el lector acabe viviendo su propia aventura semiótica? De otra manera, ¿puede entenderse tu novela como un hábitat donde los “nerds” lectores ocupen la cúspide del ecosistema?
De vez en cuando, a Deleuze le gusta banalizar los conceptos filosóficos; es decir, Deleuze no es incoherente con la tradición de la filosofía francesa a la que él mismo pertenece y de la que el libro se ríe cada vez que le dan lugar. La diferencia fundamental entre el tipo de teoría que me interesa y la Samsonite carry-on de Deleuze es una idea de verdad –un poco más ambiciosa y delirante (es decir, literaria, en sentido honroso) que aquella que la apocada filosofía francesa se permite. Digamos, yo armé esa teoría porque la historia me la pedía, porque me parecía bella y verdadera, y también porque, como lectora, no me gusta cuando una novela me deja la sensación que la parte de “las ideas” era todo un McGuffin. Me enoja cuando pasa eso, un poco porque sigo siendo bastante infantil leyendo y yo quiero fantasía, acción, autos que explotan (bromeo, puedo pasar de los autos). Esta posición, sin embargo, no niega que yo desee proveer al lector de opciones para elegir su propia aventura semiótica; quiero decir que esa aventura semiótica no se apoya en una excusa vacía. Un lector interesado en filosofía puede ver el trabajo de la teoría con Leibniz y Hobbes, o puede ver la manera en que dialoga con Derrida. Luego, en relación a tu última pregunta, me parece una imagen muy divertida (que los nerds se alcen con la lucha de clases es un tópico de la novela) pero no quisiera desestimar otras formas de vida que también aspiran, tiernamente, a disfrutar del sentimiento de superioridad.
Política, sexo, filosofía, antropología (sin olvidar el sentido del humor)… Supongo que después de Macedonio Fernández, Borges, Piglia, Fogwill y Fresán, esta mezcla no resultará extraña al lector argentino. ¿Tenías alguna idea previa de la recepción de tu novela en tierras españolas?
Bueno, sólo tenía fantasías, y gracias a este viaje he tenido la suerte de conocer gente de lo más encantadora. Había leído por alguna parte que los periodistas españoles apenas leen los libros que reseñan; yo encontré lo contrario, gente cultísima y además muy creativa críticamente. Lo que más me gustó fue que en España, al despegarme de la capa tectónica de la guerrilla literaria argentina, que está más interesada en leer “la política” (que siempre es un malentendido), al fin me encontraba con lectores interesados en charlar de literatura y filosofía.
Se tiene la impresión de que, al igual que en el Help a él de Fogwill, subyace en Las teorías salvajes una “deslectura” de El Aleph de Borges. Me refiero, naturalmente, a la conspiración llevada a cabo finalmente, entre otros personajes, por Kamtchowsky y Pabst basada en el sabotaje de Google Earth. ¿Puede ser internet de alguna manera ese nuevo aleph?
Hay un nuevo relato, o una nueva representación, que se cierne sobre nuestras acciones y mentalidades toda vez que Google Earth y los mecanismos tecnológicos modelo s. XXI convergen en una redefinición de la identidad, del espacio, de la distancia, de la objetividad. Los personajes intervienen sobre esa representación, que juega a ser un Aleph desplegado, o bien que es una combinación de un Aleph con ese mapa, también borgiano, que corresponde a la totalidad de la región que representa. Intervienen y se apropian de la tecnología, la provocan para hacerla decir otra cosa. Internet y sus lenguajes son el nuevo campo de lo real a ser explorado, explotado e intervenido. Me interesó mucho algo que escribió Vicente Luis Mora sobre la operación de reescritura de la historia que hay en escena. Borges está citado, entra como personaje dentro del miasma, pero la idea sería pensar que el Aleph ya está en acto: en la vorágine de nuestras conciencias, en su capacidad de recordar y olvidar; esto es algo que vivimos en Internet a la manera de un espectáculo, como vos decís, pero que hace a la interconexión subterránea (¿subcraneal?) de los circuitos neuronales y emotivos de una historia y un país.
El final de la novela puede leerse como una mezcla de “venganza de los novatos” contra los veteranos (los mayores y los que ostentan el poder) y redención mesiánica (pienso, por ejemplo, en Benjamin) de la historia (argentina) a través de la tecnología. ¿Hay optimismo en el final de Las teorías salvajes?
Yo creo que sí… ¡hay optimismo y amor! De verdad creo que el final es sumamente romántico. Hay una frase muy hermosa (una entre tantas) de Benjamin en la Tesis de filosofía de la historia, que viene bien para la pregunta anterior: “Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro.” ¿Cómo nos apropiamos de nuestro pasado, de nuestro destino? La venganza de los nerds –la conquista del destino donde el conocimiento se alza sobre la aristocracia de la sangre- es también un tema de la novela; cuento a La venganza de los nerds (Jeff Kanew, 1984) entre mis influencias intelectuales junto a Hobbes, Jorge Dotti y Carl Schmitt.
La novela parece estar escrita contra muchas cosas. Contra ciertos modos de ver la política, contra la generalización de la estupidez, contra la falta de estilo (literario). ¿Es preciso escribir, como sostienen algunos escritores, siempre a la contra?
Pero escribir siempre a la contra es un gesto demasiado mecánico, un poco vacío. Yo no lo veo así: al escribir intento articular un proyecto cognoscitivo (escribo para pensar, para entender) con uno moral; entonces, si las cosas analizadas me parecen “mal” (mal planteadas, oscuras, o siniestras), pues vale la pena destrozarlas a ver si quedan más hermosas así, todas rotas. Yo creo que si te dedicas al arte no te debe dar miedo nada, o al menos tenés que hacer el experimento de alzarte sobre el sentido común que evita confrontar por comodidad (que me parece totalmente comprensible en la vida diaria) y volar desoyendo las convenciones. Para mí, esa es una conducta super positiva. Quizás, lo de “estar en contra” es una manera de verlo desde afuera, que facilita la transmisión periodística, por ejemplo. Pensá que mi novela salió a la venta hace exactamente un mes (hoy es 15), es todo muy reciente y quizás por eso no vieron la extrema positividad que trasunto, el optimismo y mi alegría de vivir (risas).
Me interesa el punto de vista de una autora argentina sobre la literatura española que se hace en este momento. ¿Sería demasiado solicitar una confesión –siquiera sumaria- a este respecto?
Confieso que no sé tanto como me gustaría de literatura española contemporánea, porque los libros no llegan a Argentina. No sé por qué, ni con qué criterio, la literatura en nuestro idioma se nos presenta tan parcelada. Debe ser que las multinacionales librescas funcionan como Zara España; de las distintas colecciones, hay muchos modelos de ropa que no llegan a Argentina; hay recorte. De Barcelona me traje “Corona de flores”, la última de Javier Calvo, que es alucinante, y ahora quiero leer todo Calvo, y es imposible de conseguir. En Argentina el consumo de literatura argentina es demasiado endogámico, es un poco aburrido y nos vendría muy bien abrirnos, o que nos invadan más. Sería un lindo experimento, porque la escena argentina tiene algo violento y tropical; vienen autores y nos los apropiamos, como ya hicimos con Mario Bellatin, que está totalmente incorporado al canon porteño; en el último festival de cine independiente de Buenos Aires se consagró como actor de cine.
¿Hay alguna pregunta que todavía no te hayan hecho y que te gustaría responder? (Si es así, hazlo, por favor).
Jajaj no lo creo, un saludo y gracias!!
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