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Lars von Trier, nacido en Copenhague en 1956, es uno de los directores más importantes de los últimos años. Estudió cine en la capital de Dinamarca, en el Instituto del Cine Danés, donde realizó algunos trabajos como alumno, para después firmar tres cortos: Nocturne (1981), Images of a relief (1982) y Liberation of picture (1983). Ha realizado para la televisión Medea (1987) y las series Riget (1994) y Riget II (1997).
Su primer largometraje es El elemento del crimen (1984) al que siguió en 1987 Epidemic, ambos muy poco conocidos en España y el resto del mundo. Forman parte de una trilogía, La Trilogía de Europa, que cierra con Europa en 1991, film que fue muy bien recogido por la crítica internacional, cosechando numereros premios en festivales de cine. Estos tres filmes, posteriormente casi renegados por el propio Trier, constituyen sin embargo una interesante mirada poética sobre Europa del director danés.
La consagración definitiva le vino con Rompiendo las olas (Premio del Jurado en el Festival de Cannes de 1996), película que dio la vuelta al mundo gracias a la poesía e intensidad que destila, muy bien acogida no solo por la crítica, sino también por el público. Sin embargo es con la creación del Manifiesto Dogma 95 y su posterior película Los idiotas (1998) cuando la figura y personalidad de Lars von Trier cobran mayor resonancia y provocación en el mundo del cine (enfrentándose a la Industria y a la pasividad de los espectadores ante películas previsibles, llenas de efectos especiales y un lenguaje reducido al mínimo de expresividad).
En un principio, se llegó a hablar incluso de una nueva nouvelle vague, (con el estilo hiperrealista, la cámara en mano, encuadres desequilibrados, barridos, distintas tonalidades, guiones salvajes y poéticos), pero realmente, Trier y Thomas Vitenverg (creador de la acogedora Celebración en 1998) no estaban revolucionando el cine actual, ya que precisamente aquellos franceses curiosos y otros directores de la época como John Cassavetes o Pier Paolo Pasolini habían experimentado allá por los años 60 con el montaje, la cámara en mano, las metáforas visuales, etc. De hecho, pocos años después de la creación Dogma 95 y de la relativa moda que supuso (la mala herencia e influencia de películas que seguían los presupuestos del Dogma que acabaron por terminar con el propio Dogma fue seguida por todo el mundo, con producciones en Brasil, EEUU e incluso España, pero que nadie supo llegar a la altura de películas tan interesantes como las ya citadas Los idiotas, Celebración o la más cómica, Mifune (1999) de Soren Kragh-Jacobsen) el Dogma acabó siendo enterrado, casi violentamente, por el propio Lars von Trier. (Y hay que decir que de alguna manera ésta es la manera de evolucionar del danés, renegando de trabajos posteriores y aventurándose en nuevos y emocionantes proyectos).
A pesar de todo, el Dogma tuvo dos consecuencias, ambas positivas: 1) la exportación de un cine danés que poco o nada era conocido allende sus fronteras, y que dio algunos buenos resultados, como el descubrimiento de Thomas Vitenberg como un director con mucho futuro y talento, y otras delicias como Mifune o Italiano para principiantes (Lone Scherfing, 2001, -creadora también del film Wilbur se quiere suicidar-) y 2) que aunque ni mucho menos el Dogma fue una revolución, sí refrescó cierto cine, con un aligeramiento de la producción y un mayor realismo que la mayoría del cine actual, superfluo y laxo (aunque esto es algo que ya se viene haciendo en otras cinematografías de Europa, y también en Asia o Hispanoamérica).
También hubo crítica contra el Dogma 95, arguyendo que se trataba de un artilugio comercial, de una estratagema de Trier y varios daneses para promocionar el cine danés, y en mi opinión no es descabellado, pero hay que decir que esto poca falta le hacía a Lars von Trier, uno de los directores más conocidos e importantes –ya por entonces- del cine actual. De todas formas, y discusiones aparte, lo que nadie puede negar es que sirvió para dejar un puñado de notables películas.
Lars von Trier es un creador inagotable, que busca con pasión nuevos modos de lenguaje, y no hay más que ver las películas posteriores para corroborarlo. Con Bailar en la oscuridad (2000) juega con el lenguaje, entre el realismo y el videoclip, y en Dogville (2002) vuelve a evidenciar su afán experimentador, hurgando la herida de la América profunda, con un lenguaje simbolista, deudor de Bergman y jugando con las técnicas escenográficas del teatro de Bertold Brecht. Y por no decir su último experimento hasta la fecha, 5 condiciones (2003), codirigida junto a Jorgen Leth, un documental lúdico y vanguardista sobre el arte del cine. Y hay que decir que desde 1991 prepara una pelicula, que rueda tres minutos por año, y que en principio tiene prevista su salida para 2024, llamada Dimension.
Si uno compara las primeras películas de Lars von Trier con las últimas, ¿qué encontrará de común entre ellas? Aparentemente nada o casi nada, ya que se trata de películas estéticamente muy diferentes, pero en todas ellas hay una intensidad y densidad por encima de la propia historia y sobre todo, un tratamiento tanto ético como estético siempre en alerta y con una mirada hondamente poética.
Dice Stig Bjorkman en su libro Lars von Trier. Entretiens avec Stig Bjorkman: "desde El elemento del crimen hay una evolución perpetua hasta sus últimas películas en la puesta del riesgo donde encontramos su coherencia. Un gusto nunca desmentido por la introspección, la autocrítica y la novedad son las formas motrices y líneas recurrentes de su cine acompañado por una negligente dosis de provocación". Estas palabras definen casi perfectamente el perfil de Lars von Trier, en la importancia por la forma y la experimentación visual y un tratamiento de los guiones que no es otra cosa que el sumergimiento a los peligros, fantasmas y pasiones del ser humano, con la densidad e intensidad necesarias para semejante empresa.